San Siricio
Papa nº. 38 de la Iglesia Católica
Pontificado entre los años 384-399 d. C.
Papa nº. 38 de la Iglesia Católica
Pontificado entre los años 384-399 d. C.
San Siricio fue el trigésimo octavo Papa de la Iglesia Católica y sucesor de San Dámaso I.
Nació en Roma hacia el año 334 y desde joven estuvo vinculado al servicio de la Iglesia, primero como lector y posteriormente como diácono durante el pontificado de Liberio.
Fue elegido obispo de Roma en diciembre del año 384. Su pontificado se desarrolló en una Iglesia que, después de haber alcanzado la libertad, necesitaba fortalecer su organización interna, mantener la unidad entre las comunidades cristianas y establecer criterios comunes en cuestiones de disciplina eclesial.
«Todo debe hacerse con decoro y orden.»
1 Corintios 14, 40
Uno de los hechos más importantes de su pontificado fue la respuesta que envió en el año 385 al obispo Himerio de Tarragona, quien había consultado a Roma diversas cuestiones relacionadas con el bautismo, la penitencia y la disciplina del clero.
Esta carta es considerada la decretal pontificia más antigua que se conserva íntegramente y constituye un testimonio importante del ejercicio de la autoridad pastoral del obispo de Roma sobre cuestiones que afectaban también a otras Iglesias.
El pontificado de San Siricio estuvo marcado especialmente por su preocupación por la disciplina de la Iglesia y por mantener una práctica común entre las distintas comunidades cristianas.
En el año 386 celebró en Roma un sínodo en el que participaron numerosos obispos y en el que se trataron cuestiones relacionadas con la elección y consagración de obispos, la vida del clero y otras normas de disciplina eclesial. Sus decisiones fueron comunicadas posteriormente a otras Iglesias.
También tuvo que afrontar diversas controversias doctrinales. Durante su pontificado fueron condenadas las enseñanzas de Joviniano, que cuestionaban determinadas prácticas ascéticas y aspectos de la vida consagrada.
San Siricio intervino igualmente en conflictos que afectaban a otras regiones de la Iglesia y procuró preservar la comunión entre los obispos y la unidad de la fe.
Durante su pontificado fue reconstruida y dedicada la gran basílica de San Pablo Extramuros en Roma, cuya dedicación tuvo lugar en torno al año 390.
Murió en Roma el 26 de noviembre del año 399.
San Siricio dejó como legado una Iglesia más organizada y consciente de la necesidad de mantener criterios comunes en cuestiones de disciplina y vida eclesial.
Sus cartas muestran cómo el obispo de Roma comenzaba a ejercer de manera cada vez más clara una responsabilidad pastoral que iba más allá de la propia comunidad romana, respondiendo a consultas procedentes de otras Iglesias.
Su decretal dirigida al obispo Himerio de Tarragona se convirtió en uno de los testimonios más importantes de esta etapa y constituye una pieza fundamental para comprender el desarrollo de la disciplina eclesiástica en Occidente.
Su pontificado representa una etapa de consolidación de la Iglesia después de las grandes persecuciones y en pleno proceso de organización de su vida interna.
Nombre: San Siricio
Pontificado: 384 – 399 d. C.
Predecesor: San Dámaso I
Sucesor: San Anastasio I
Origen: Roma
Fallecimiento: 26 de noviembre de 399 d. C.
Festividad: 26 de noviembre
San Siricio nos recuerda que la vida de la Iglesia necesita no solo entusiasmo y fe, sino también orden, responsabilidad y comunión.
Las primeras comunidades cristianas crecían rápidamente y afrontaban situaciones muy diferentes. Era necesario establecer criterios que ayudaran a vivir una misma fe sin perder la unidad.
También nosotros necesitamos aprender que la fe no se vive de manera aislada. Formamos parte de una comunidad y nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestras acciones pueden contribuir a fortalecerla o dividirla.
Buscar la unidad, actuar con responsabilidad y permanecer fieles al Evangelio son también formas de construir cada día la Iglesia de Cristo.