San Hilario
Papa nº. 46 de la Iglesia Católica
Pontificado entre los años 461 y 468 d. C.
Papa nº. 46 de la Iglesia Católica
Pontificado entre los años 461 y 468 d. C.
San Hilario fue el cuadragésimo sexto Papa de la Iglesia Católica y sucesor de San León I Magno.
Era originario de Cerdeña y antes de llegar al pontificado había ejercido como archidiácono de la Iglesia de Roma. Durante el pontificado de San León Magno desempeñó importantes responsabilidades y llegó a representar al Papa en uno de los momentos más difíciles de las controversias cristológicas del siglo V.
En el año 449 participó como legado pontificio en el sínodo de Éfeso que posteriormente sería conocido como el “Latrocinio de Éfeso”. Allí defendió la posición de Roma y se opuso firmemente a la condena de Flaviano, patriarca de Constantinopla.
Su oposición puso incluso en peligro su vida y tuvo que abandonar Éfeso precipitadamente para poder regresar a Roma e informar a San León Magno de lo sucedido.
Tras la muerte de San León I fue elegido Papa en el año 461, continuando en gran medida la firme política eclesial de su predecesor.
«Manteneos firmes en la fe, sed valientes y fuertes.»
1 Corintios 16, 13
Antes de ser Papa, San Hilario demostró una gran firmeza durante el conflictivo sínodo de Éfeso del año 449.
En medio de fuertes presiones defendió la doctrina sostenida por la Iglesia de Roma y se negó a aceptar la condena injusta de Flaviano de Constantinopla. Su actuación mostró ya el carácter firme que posteriormente marcaría su pontificado.
San Hilario asumió el pontificado en una época de gran inestabilidad política en Occidente y de continuas dificultades para mantener la disciplina y la organización de las Iglesias locales.
Prestó especial atención a las Iglesias de la Galia y de Hispania, donde las circunstancias políticas habían debilitado en algunos lugares el funcionamiento regular de la jerarquía eclesiástica.
Intervino en diferentes conflictos episcopales procurando que las elecciones de los obispos y el ejercicio de su autoridad se realizaran conforme a las normas de la Iglesia. También defendió los derechos de los metropolitanos y buscó evitar ordenaciones episcopales realizadas de manera irregular.
En Roma mantuvo igualmente una posición firme frente a las injerencias de la autoridad civil en asuntos religiosos. Durante el reinado del emperador Antemio se opuso públicamente a determinadas medidas que podían favorecer doctrinas contrarias a la fe defendida por la Iglesia.
Su pontificado estuvo caracterizado, por tanto, por una constante preocupación por conservar la disciplina eclesiástica y proteger la unidad doctrinal que había sido fortalecida durante el pontificado de San León Magno.
San Hilario impulsó además importantes obras religiosas en Roma. Cerca del baptisterio de San Juan de Letrán mandó construir varios oratorios y realizó diferentes trabajos de ornamentación y restauración de edificios destinados al culto.
San Hilario dejó como legado una firme defensa de la disciplina, la organización y la unidad de la Iglesia.
Su experiencia previa como representante de San León Magno en Éfeso había mostrado su determinación para permanecer fiel a sus convicciones incluso cuando hacerlo suponía enfrentarse a grandes presiones.
Como Papa continuó esa misma actitud, interviniendo cuando consideraba que determinadas actuaciones podían poner en peligro la correcta organización de las comunidades cristianas.
También dejó una importante huella material en Roma mediante la construcción y restauración de lugares de culto, especialmente en el entorno de San Juan de Letrán.
San Hilario murió el 28 de febrero del año 468, después de aproximadamente seis años de pontificado.
Nombre: San Hilario
Pontificado: 461 – 468 d. C.
Predecesor: San León I Magno
Sucesor: San Simplicio
Origen: Cerdeña
Fallecimiento: 28 de febrero de 468 d. C.
Festividad: 28 de febrero
San Hilario nos recuerda que permanecer firmes en la fe no significa buscar el enfrentamiento, sino tener el valor de defender aquello que creemos verdadero incluso cuando hacerlo resulta difícil.
Antes de ser Papa tuvo que enfrentarse a una situación en la que callar habría sido más sencillo. Sin embargo, decidió defender lo que consideraba justo, aun sabiendo que podía sufrir graves consecuencias.
Su ejemplo nos invita a preguntarnos si nosotros somos capaces de mantener nuestras convicciones cuando aparecen dificultades, presiones o incomprensiones.
También nos enseña que la firmeza debe estar acompañada por el servicio. Durante su pontificado no se limitó a defender principios, sino que trabajó por ordenar, fortalecer y cuidar las comunidades cristianas que habían sido confiadas a su responsabilidad.
La fe necesita convicción, pero también obras concretas que permitan construir, cuidar y servir a los demás.