San Celestino I
Papa nº. 43 de la Iglesia Católica
Pontificado entre los años 422 y 432 d. C.
Papa nº. 43 de la Iglesia Católica
Pontificado entre los años 422 y 432 d. C.
San Celestino I fue el cuadragésimo tercer Papa de la Iglesia Católica y sucesor de San Bonifacio I.
Nació en la región de Campania, en Italia, aunque conocemos pocos detalles de sus primeros años. Fue elegido obispo de Roma en el año 422 y, a diferencia de la conflictiva elección de su predecesor, su acceso al pontificado se produjo sin una oposición significativa.
Su pontificado se desarrolló en una época especialmente importante para la definición de la doctrina cristiana. La Iglesia debía afrontar nuevas controversias acerca de la persona de Jesucristo y de la Virgen María, además de continuar combatiendo las enseñanzas pelagianas.
San Celestino destacó por su firme defensa de la fe recibida de los Apóstoles y por su preocupación por mantener la comunión entre las distintas Iglesias cristianas.
«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.»
Juan 1, 14
Durante el pontificado de San Celestino I tuvo lugar uno de los acontecimientos doctrinales más importantes del siglo V: el Concilio de Éfeso del año 431.
El concilio reafirmó que Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre y reconoció legítimamente a la Virgen María como Theotokos, es decir, Madre de Dios, porque aquel a quien María dio a luz es verdaderamente el Hijo de Dios hecho hombre.
San Celestino apoyó la defensa de esta doctrina y confió a San Cirilo de Alejandría la representación de la posición de Roma en la controversia.
Uno de los principales desafíos de San Celestino I fue la controversia provocada por Nestorio, patriarca de Constantinopla, cuyas enseñanzas ponían en peligro la comprensión de la unidad de la persona de Cristo.
Tras estudiar la cuestión, Celestino reunió un sínodo en Roma en el año 430 que rechazó las enseñanzas de Nestorio. Posteriormente encargó a San Cirilo de Alejandría que actuara en nombre de la Sede de Roma para exigirle que abandonara sus errores.
La controversia desembocó en el Concilio de Éfeso de 431, tercer concilio ecuménico de la Iglesia. Los legados enviados por Celestino participaron en sus sesiones y respaldaron la condena del nestorianismo y la enseñanza defendida por San Cirilo.
San Celestino también continuó la lucha iniciada por sus predecesores contra el pelagianismo, reafirmando la necesidad de la gracia de Dios para la salvación y apoyando las enseñanzas de San Agustín de Hipona.
Su preocupación pastoral se extendió asimismo más allá de Roma. Durante su pontificado se impulsó la evangelización de territorios todavía poco cristianizados. Tradicionalmente se relaciona con él el envío de Paladio como obispo a los cristianos de Irlanda en el año 431, contribuyendo así a la expansión de la fe en aquellas regiones.
El legado de San Celestino I está especialmente unido a la defensa de la verdadera identidad de Jesucristo y de la maternidad divina de la Virgen María.
Su actuación durante la controversia nestoriana contribuyó decisivamente a preparar el camino para el Concilio de Éfeso, donde la Iglesia proclamó solemnemente una verdad que continúa formando parte esencial de la fe cristiana: María puede ser llamada Madre de Dios porque Jesucristo, su Hijo, es verdaderamente Dios hecho hombre.
También continuó defendiendo la doctrina de la gracia frente al pelagianismo y trabajó para preservar la unidad y la disciplina de la Iglesia en Occidente.
Su pontificado muestra además una Iglesia que comenzaba a extender con mayor fuerza su acción evangelizadora hacia nuevos pueblos de Europa.
San Celestino I murió en Roma en julio del año 432, después de casi diez años de pontificado. La Santa Sede sitúa el final de su pontificado el 27 de julio de 432.
Nombre: San Celestino I
Pontificado: 422 – 432 d. C.
Predecesor: San Bonifacio I
Sucesor: San Sixto III
Origen: Campania, Italia
Fallecimiento: Julio de 432 d. C.
Festividad: 6 de abril
San Celestino I nos recuerda la importancia de permanecer firmes en la fe cuando aparecen dudas, divisiones o enseñanzas que pueden alejarnos de la verdad del Evangelio.
Su defensa de la verdadera identidad de Jesucristo estuvo también profundamente relacionada con la dignidad de María como Madre de Dios. Defender quién es Cristo significaba necesariamente comprender quién era aquella que lo había llevado en su seno.
Su pontificado nos invita, por tanto, a acercarnos cada vez más a Jesús y a descubrir en María una madre que siempre conduce hacia Él.
También nosotros estamos llamados a conocer nuestra fe, profundizar en ella y transmitirla con fidelidad, sin convertirla simplemente en palabras aprendidas, sino dejando que transforme nuestra manera de vivir.
Conocer mejor a Cristo nos ayuda a amarlo más; y cuanto más lo amamos, más capaces somos de llevarlo a los demás.