San Hormisdas
Papa nº. 52 de la Iglesia Católica
Pontificado entre los años 514 y 523 d. C.
Papa nº. 52 de la Iglesia Católica
Pontificado entre los años 514 y 523 d. C.
San Hormisdas fue el quincuagésimo segundo Papa de la Iglesia Católica y sucesor de San Símaco. Fue elegido obispo de Roma el 20 de julio del año 514.
Antes de su elección había sido diácono de la Iglesia de Roma. Las fuentes antiguas señalan que había estado casado antes de recibir las órdenes sagradas y que tuvo un hijo, Silverio, que años más tarde llegaría también a ser Papa.
Su pontificado estuvo marcado principalmente por el esfuerzo de restablecer la comunión entre Roma y Constantinopla después del llamado cisma acaciano, una división que se prolongaba desde el año 484.
«Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti.»
Juan 17, 21
Uno de los acontecimientos más importantes del pontificado de San Hormisdas fue el final del cisma acaciano, que durante décadas había separado a Roma y Constantinopla.
Tras la llegada al trono imperial de Justino I en el año 518 se abrió una nueva posibilidad de reconciliación. San Hormisdas envió legados a Constantinopla y presentó una profesión de fe que pasaría a conocerse como la Fórmula de Hormisdas. Finalmente, en el año 519 quedó restablecida la comunión entre ambas Iglesias.
El principal desafío de San Hormisdas fue superar las consecuencias del cisma provocado décadas antes por las disputas cristológicas surgidas después del Concilio de Calcedonia.
El Papa defendió con firmeza la doctrina de la Iglesia y buscó al mismo tiempo recuperar la unidad con las Iglesias orientales. Para ello mantuvo contactos con Constantinopla y envió varias delegaciones para negociar la reconciliación.
Las primeras negociaciones no consiguieron resolver el conflicto. Sin embargo, la situación cambió después de la muerte del emperador Anastasio I y la llegada al poder de Justino I, favorable al restablecimiento de la comunión con Roma.
San Hormisdas envió entonces una nueva delegación llevando la llamada Fórmula de Hormisdas, una profesión de fe destinada a garantizar la fidelidad a la doctrina proclamada por la Iglesia. Su aceptación permitió poner fin al cisma acaciano en el año 519.
Durante su pontificado también intervino en cuestiones de disciplina y administración eclesiástica y mantuvo correspondencia con obispos de diversas regiones de Occidente. Asimismo, promovió la traducción al latín de cánones de la Iglesia griega realizada por Dionisio el Exiguo.
San Hormisdas murió el 6 de agosto del año 523, después de aproximadamente nueve años de pontificado.
El mayor legado de San Hormisdas fue haber contribuido decisivamente a restaurar la comunión entre Roma y Constantinopla después de más de treinta años de separación.
La Fórmula de Hormisdas quedó vinculada históricamente a la defensa de la unidad de la Iglesia y a la importancia de conservar íntegra la fe recibida.
Su pontificado muestra que la búsqueda de la unidad cristiana exige diálogo y paciencia, pero también claridad en aquello que pertenece al núcleo de la fe.
San Hormisdas dejó así el recuerdo de un Papa que trabajó por superar una profunda división eclesial y por reconstruir la comunión entre Oriente y Occidente.
Nombre: San Hormisdas
Pontificado: 514 – 523 d. C.
Predecesor: San Símaco
Sucesor: San Juan I
Origen: Italia, tradicionalmente relacionado con Frosinone o la región de Campania.
Fallecimiento: 6 de agosto de 523 d. C.
Festividad: 6 de agosto.
San Hormisdas nos recuerda que la unidad de la Iglesia es un bien que debe cuidarse con paciencia, verdad y caridad.
Durante muchos años, Roma y Constantinopla permanecieron separadas por profundas diferencias. El Papa no renunció a buscar la reconciliación, pero tampoco entendió la unidad como un simple acuerdo exterior.
También nosotros podemos encontrarnos con divisiones en nuestras familias, comunidades o relaciones. La fe nos invita a trabajar por la reconciliación sin abandonar la verdad y sin convertir las diferencias en motivo de enfrentamiento permanente.
Buscar la unidad no significa ocultar los problemas, sino afrontarlos con humildad, perseverancia y amor, confiando en que Dios puede sanar incluso aquellas divisiones que parecen demasiado profundas.