La pereza es la falta de interés o esfuerzo para realizar el bien, tanto en lo material como en lo espiritual. No se trata solo de vagancia, sino de una resistencia interior que lleva a evitar lo que exige compromiso, sacrificio o constancia.
En el plano espiritual, la pereza puede volverse más seria cuando nos aleja de la oración, de los sacramentos y de las responsabilidades que Dios nos confía. Es un enfriamiento del corazón que va debilitando la vida de fe.
«Ve a la hormiga, perezoso; observa sus caminos y aprende de ella.»
(Proverbios 6, 6)
«Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor.»
(Colosenses 3, 23)
Falta de ganas para cumplir deberes diarios.
Abandono de la oración o vida espiritual.
Postergar constantemente lo importante.
Desinterés por el crecimiento personal o de fe.
Buscar siempre el mínimo esfuerzo posible.
Enfría la relación con Dios.
Debilita la constancia en la vida de fe.
Provoca estancamiento espiritual.
Genera conformismo y falta de crecimiento.
Puede llevar al abandono de la vida cristiana.
La diligencia
La diligencia nos impulsa a cumplir con responsabilidad nuestros deberes, tanto humanos como espirituales, con amor y constancia.
Establecer hábitos de oración y cumplirlos con fidelidad.
No postergar lo importante.
Ofrecer a Dios el esfuerzo diario.
Recordar el valor del tiempo como don de Dios.
Pedir fuerza al Espíritu Santo para ser constantes.
Señor Dios,
despierta mi corazón del desánimo
y de la pereza espiritual.
Dame fuerza para cumplir mis deberes
con amor y responsabilidad.
Hazme constante en la oración
y fiel en lo pequeño de cada día.
Que no me detenga el cansancio
cuando se trata de hacer el bien.
Amén.
¿Estoy siendo constante en mi vida de oración y fe?
¿Dejo para después lo que Dios me pide hoy?
¿Busco crecer espiritualmente o me conformo con lo mínimo?