El origen del Papado se encuentra en la misión que Jesucristo confió al apóstol San Pedro.
Pedro fue uno de los primeros discípulos llamados por el Señor. Era pescador, hombre sencillo, impulsivo y lleno de humanidad. En él vemos a una persona capaz de grandes actos de fe, pero también marcada por la debilidad, el miedo y la caída. Precisamente por eso, su figura nos ayuda a comprender que la misión en la Iglesia no nace de la perfección humana, sino de la elección y la gracia de Dios.
Entre los apóstoles, Pedro ocupó un lugar especial. En varias ocasiones aparece como portavoz del grupo, como testigo cercano de momentos importantes de la vida de Jesús y como aquel a quien el Señor confía una responsabilidad particular.
En el Evangelio, Jesús le dice: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Con estas palabras, Cristo señala una misión concreta: Pedro será fundamento visible de comunión y de fe para la Iglesia naciente. No porque sustituya a Cristo, que es la verdadera piedra angular, sino porque recibe de Él el encargo de servir, confirmar y fortalecer a sus hermanos.
También después de la Resurrección, Jesús pregunta a Pedro si le ama y le confía el cuidado de sus ovejas. De este modo, el ministerio de Pedro queda unido profundamente al amor a Cristo y al servicio pastoral del Pueblo de Dios.
La Iglesia reconoce en esta misión de Pedro el origen del ministerio que continúa en sus sucesores: los Papas, obispos de Roma. A través de ellos, la Iglesia mantiene viva la continuidad apostólica y el servicio de unidad que Cristo quiso para sus discípulos.