La Iglesia es la comunidad de los que creen en Jesucristo, han recibido la fe y caminan unidos como pueblo de Dios. No es solamente un edificio, ni una simple organización humana, sino una realidad espiritual fundada por Cristo y guiada por el Espíritu Santo.
Cuando hablamos de la Iglesia, hablamos de una familia de fe extendida por toda la tierra. En ella los cristianos escuchamos la Palabra de Dios, celebramos los sacramentos, aprendemos a vivir el Evangelio y somos acompañados en nuestro camino hacia el Señor.
La Iglesia no nace de una idea humana, sino del mismo Jesucristo. Él llamó a los apóstoles, les enseñó, les confió una misión y quiso que su presencia continuara viva en medio del mundo.
Cristo es el centro de la Iglesia. Él es su Señor, su fundamento y su cabeza. La Iglesia existe para anunciarlo, servirlo y llevar su amor a todos los pueblos.
Por eso, la Iglesia no se anuncia a sí misma. Su razón de ser es Jesucristo: su Palabra, su gracia, su perdón y su salvación.
La Iglesia es el pueblo de Dios convocado por el Señor. Está formada por todos los bautizados, llamados a vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros.
En este pueblo nadie camina solo. La fe se vive en comunión, en oración, en caridad y en fidelidad al Evangelio. Cada cristiano forma parte de esta gran familia y está llamado a aportar sus dones al bien de todos.
La Iglesia también es llamada Cuerpo de Cristo, porque todos los bautizados estamos unidos a Él y entre nosotros. Cristo es la cabeza, y nosotros somos miembros de su cuerpo.
Esto significa que la vida cristiana no se vive de manera aislada. Cada creyente tiene un lugar, una vocación y una misión. Cuando uno crece en la fe, toda la Iglesia se fortalece; y cuando uno sufre, toda la Iglesia está llamada a acompañar.
La Iglesia está guiada y sostenida por el Espíritu Santo. Él la ilumina, la fortalece y la ayuda a permanecer fiel a la enseñanza de Cristo a lo largo del tiempo.
Aunque la Iglesia está formada por personas humanas, con debilidades y limitaciones, en ella actúa la gracia de Dios. Por eso, mirando con fe, descubrimos que el Señor sigue obrando en su Iglesia: enseña, perdona, consuela, santifica y acompaña.
En el Credo proclamamos que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica.
Es una, porque tiene un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo.
Es santa, porque Cristo la santifica y la llama constantemente a vivir según el Evangelio.
Es católica, porque está llamada a anunciar la salvación a todos los pueblos y a todos los hombres.
Es apostólica, porque permanece fundada sobre la fe de los apóstoles y continúa la misión que Cristo les confió.
Formar parte de la Iglesia significa vivir la fe en comunión. En ella recibimos el Bautismo, escuchamos la Palabra de Dios, celebramos la Eucaristía, recibimos el perdón y somos acompañados en los momentos importantes de nuestra vida cristiana.
La Iglesia es madre porque nos engendra a la vida de la fe y nos alimenta espiritualmente. También es maestra porque custodia la enseñanza de Cristo y nos ayuda a caminar en la verdad del Evangelio.
La Iglesia no es algo lejano. Es el hogar espiritual donde Cristo reúne a su pueblo. Amar a la Iglesia significa amar la obra de Cristo, participar en su vida y colaborar, desde nuestra pequeñez, en la misión que el Señor nos confía.
«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.»
(Mateo 16,18)
Que el Señor nos conceda amar más profundamente a su Iglesia, caminar en comunión con ella y reconocer en su vida la presencia de Cristo, que sigue acompañando a su pueblo hasta el fin de los tiempos.