La Iglesia existe para continuar la misión de Jesucristo en el mundo. No vive para sí misma, sino para anunciar el Evangelio, celebrar la fe, servir a los necesitados y acompañar a todos los hombres hacia el encuentro con Dios.
Desde sus comienzos, la Iglesia ha recibido del Señor el encargo de llevar la Buena Nueva a todos los pueblos. Esta misión nace del mandato de Cristo y se sostiene por la fuerza del Espíritu Santo.
La primera misión de la Iglesia es anunciar a Jesucristo. Él es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo y la fuente de nuestra esperanza.
La Iglesia proclama la Palabra de Dios para que todos puedan conocer el amor del Padre, descubrir el camino de la salvación y responder con fe al llamado del Señor.
Anunciar el Evangelio no significa solamente transmitir una enseñanza, sino dar testimonio vivo de Cristo con la palabra, con las obras y con una vida coherente con la fe.
La Iglesia también tiene la misión de celebrar los sacramentos, signos visibles de la gracia de Dios.
A través de ellos, Cristo sigue actuando en su pueblo: nos hace nacer a la vida nueva en el Bautismo, nos fortalece con el Espíritu Santo, nos alimenta con la Eucaristía, nos perdona en la Reconciliación y nos acompaña en cada etapa de la vida cristiana.
Los sacramentos son un tesoro de la Iglesia, porque en ellos el Señor se hace presente y comunica su gracia.
La Iglesia custodia y transmite la fe recibida de los apóstoles. Esta fe no pertenece a una sola generación, sino que ha sido confiada a la Iglesia para ser anunciada con fidelidad a lo largo del tiempo.
Por medio de la catequesis, la predicación, la formación cristiana y la vida comunitaria, la Iglesia ayuda a los creyentes a conocer mejor a Dios y a vivir según el Evangelio.
Transmitir la fe es una tarea de toda la comunidad cristiana: familias, parroquias, catequistas, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos.
La misión de la Iglesia no se limita a enseñar. También está llamada a servir, especialmente a los más pobres, débiles, enfermos, solos y necesitados.
Cristo se acercó a los que sufrían, consoló a los afligidos, sanó a los enfermos y mostró la misericordia del Padre. La Iglesia continúa esta misión cuando vive la caridad y se hace cercana a quienes más lo necesitan.
Servir al prójimo no es algo añadido a la fe cristiana, sino una expresión concreta del amor de Dios.
La Iglesia acompaña a los creyentes en su camino de fe. Está presente en los momentos de alegría, de dolor, de búsqueda, de conversión y de esperanza.
A través de la comunidad cristiana, la oración, la escucha, la formación y los sacramentos, la Iglesia ayuda a cada persona a crecer en su relación con Dios.
Nadie está llamado a caminar solo. En la Iglesia, la fe se vive en comunión y se fortalece con el apoyo de los hermanos.
La Iglesia recuerda constantemente que todos estamos llamados a la conversión y a la santidad. Ser cristiano no consiste solo en creer unas verdades, sino en dejar que Cristo transforme nuestra vida.
La santidad no es solo para unos pocos. Es la vocación de todo bautizado. Cada cristiano, en su estado de vida, está llamado a amar más, servir mejor y vivir más unido a Dios.
Por eso, la Iglesia invita a volver siempre al Señor, a confiar en su misericordia y a caminar cada día con un corazón renovado.
La misión de la Iglesia es llevar a Cristo al mundo y conducir el mundo hacia Cristo. Esta misión no pertenece solo al Papa, a los obispos o a los sacerdotes, sino a todos los bautizados.
Cada cristiano puede colaborar con la misión de la Iglesia desde su vida diaria: en la familia, en el trabajo, en la parroquia, en la oración, en el servicio y en el testimonio sencillo de la fe.
«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos.»
(Mateo 28,19)
Que el Señor nos ayude a vivir nuestra fe con alegría, a anunciar su Palabra con humildad y a colaborar en la misión de la Iglesia con un corazón generoso.